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Su voz se convirtió en el ejemplo de la dignidad y el valor en la lucha por los derechos civiles, pero el 4 de abril de 1968, el líder de esa causa en Estados Unidos, Martin Luther King, fue asesinado por James Earl Ray en un hotel de Memphis.

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Era un hombre profundamente religioso que creció en una iglesia. Ahí descubrió muy pronto que él, su familia y quienes tenían la piel como ellos pertenecían a una casta inferior en el orden blanco que les rodeaba, pero también aprendió a luchar por sus derechos con el arma de la no violencia, y en pocos años se convirtió en la figura simbólica de una revolución protagonizada por los negros del sur de Estados Unidos.

Montgomery, la antigua capital de la Confederación durante la Guerra Civil, constituía un excelente ejemplo de cómo la vida de los negros estaba gobernada por los arbitrarios caprichos y voluntades del poder blanco.

Un nuevo movimiento social comenzó para la libertad y la dignidad de millones de negros, pero éstas no podían ganarse sin un desafío fundamental a la distribución existente del poder. La estrategia de desobediencia civil no violenta, predicada y puesta en práctica por Martin Luther King hasta su muerte, encontró muchos obstáculos, pero en 1964 cosechó frutos extraordinarios con la Ley de Derechos Civiles, que prohibió la discriminación en el trabajo por motivos de raza o género, y los trabajadores negros y las mujeres comenzaron a rechazar el tratamiento de segunda clase que se les daba en muchas industrias y servicios.

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Todo esto desembocó en una radical modificación del sistema electoral un año después que garantizó el derecho al voto de los negros, además de que Luther King fue condecorado con el premio Nobel de la Paz. Sin embargo, la estrategia pacífica de Martin Luther King se tambaleó y surgieron nuevos dirigentes negros con visiones alternativas. Algo no funcionaba y su discurso se endureció, incorporó explícitas apelaciones a la lucha de clases y pidió una radical redistribución del poder. Para muchos de sus antiguos aliados liberales, Martin Luther King ya no era sólo el defensor de los derechos civiles, sino un peligroso subversivo.

El miércoles 3 de abril de 1968 llegó a Memphis, Tennessee, para apoyar una huelga de basureros negros. Esa misma noche, en el que sería su último discurso, les dijo que conseguirían “la Tierra Prometida”. Al día siguiente, por la tarde, en el balcón de su habitación del hotel Loraine, un solo disparo acabó con su vida. Tenía 39 años. El asesino, un hombre blanco que se había escapado de la prisión, se llamaba James Earl Ray.

Este asesinato se considera uno de los magnicidios del siglo XX. King es recordado como uno de los mayores líderes y héroes de la historia de Estados Unidos, y en la moderna historia de la no violencia.