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Los muertos vivientes, no contentos con deambular por cómics, series y videojuegos, tienen su Día del Orgullo Zombi el 4 de febrero. No es poca cosa para una figura del folklore de una pequeña isla del Caribe marcada por la esclavitud y las creencias africanas. Incluso, su fama macabra ha llevado a los científicos a investigar si estos seres suspendidos entre la vida y la muerte tienen base real.

zombi haiti

Desde White Zombie, un filme estadounidense de 1932 con el inolvidable Bela Lugosi en el papel de hechicero vudú, los muertos vivos del folklore haitiano no han dejado de acecharnos desde el celuloide, llegando a cobrar dimensiones de pandemia global.

Pero ¿qué hay detrás de estos seres forzados a regresar de ultratumba mediante ritos mágicos, despojados de su espíritu y esclavizados? ¿Pura fantasía, como ocurre con las leyendas de vampiros, hombres lobo y momias que inspiraron al cine de terror? ¿O acaso tienen algún asidero material que la ciencia pueda explicar?

Hagamos un poco de historia. La primera fuente occidental que mentó el asunto fue el escritor Moreau de Saint-Méry. En 1797, el viajero francés recogió el término “zombi”, referido a la creencia de los esclavos haitianos en los aparecidos. Su etimología deriva de “nzambi”, palabra en lengua kongo que designa al alma, o, según otros, de “zumbi”, fetiche.

Más tarde, el concepto se desdobló en una acepción tradicional (un espíritu sin cuerpo) y otra nueva (un cuerpo sin alma), relativa al individuo sepultado en estado inconsciente y sacado de su tumba por un brujo que se torna su amo.

Que la última noción arraigó con fuerza en la población lo prueba el hecho de que, en 1864, el Gobierno de Haití juzgó necesario introducir el artículo 246 en el código penal, castigando el envenenamiento con sustancias que, sin causar la muerte, pueden producir un letargo prolongado.

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El zombi saltó a la fama internacional en 1929, gracias a The Magic Island, el libro de viajes del escritor americano William Seabrook. Ya desde el título la obra envolvía al país en brumas esotéricas, para luego confundir el vudú con un tipo de magia negra, soslayando que es una auténtica religión emparentada con la santería cubana.

Sus alusiones a las plantaciones cultivadas por cadáveres vivientes, sacrificios, danzas nocturnas e incansables tambores rituales sedujeron a los estadounidenses.

Así, la fascinación por los zombis hizo que comenzaran a documentarse casos. Entre los más sonados destaca el de Felicia Felix-Mentor, fallecida en 1907 y ‘reaparecida’ en 1936; y el de Clairvius Narcisse, que fue encontrado en 1980 vagando cerca de su pueblo natal después que dos médicos certificaran su muerte en 1962.

De la primera no quedó claro que se tratase de la misma persona, de la identidad del segundo no hubo dudas. Es más, Narcisse contó que un hechicero lo había envenenado, sepultado, desenterrado, drogado para tenerlo bajo su control y obligado a trabajar en una plantación, de la que finalmente escapó.

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El intento más célebre por averiguar el trasfondo científico de esas historias lo protagonizó el antropólogo canadiense Wade Davis, quien defendió que los zombis eran delincuentes drogados y condenados a trabajos forzados e incluso aseguró haber identificado el ingrediente de la pócima empleada para inducir un estado comatoso en los sentenciados: la tetrodotoxina extraída del pez globo.

Sin embargo, las pruebas hechas por otros expertos apenas detectaron tetrodotoxina en la pócima aportada por Davis, lo que socavó su teoría.

El debate tomó otro cariz en 1997, cuando la revista The Lancet publicó una investigación llevada a cabo por el antropólogo británico Roland Littlewood y el médico Chavannes Douyon. Tras estudiar con escáneres y otras pruebas a tres presuntos zombis, les diagnosticaron diversos trastornos mentales –uno de ellos padecía esquizofrenia catatónica–. Concluyeron que el misterio se explicaría por una mistificación colectiva de las enfermedades psiquiátricas; un fenómeno equivalente a la confusión entre psicosis y posesión demoníaca en la Europa del siglo XVI.

Más verosímil parece pensar en creencias fomentadas por las sociedades secretas con el fin de dominar por el terror el Haití profundo; una mitología que, explican algunos expertos, reelabora de modo distorsionado la tragedia de los africanos arrancados de su medio por los traficantes de esclavos, privados de su identidad y vendidos a los latifundistas blancos.

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Así las cosas, la realidad del zombi parece limitarse a la cultura de masas, en donde ha experimentado grandes transformaciones. A diferencia del referente original –un pseudocadáver–, el del cine es un muerto auténtico; aquel es un pelele inofensivo mientras su correlato fílmico persigue a los vivos para devorarlos; y el haitiano es negro mientras el personaje de ficción es blanco.

Hoy, el zombi del entretenimiento, el único miembro del panteón monstruoso que no procede del Viejo Mundo, se ha alejado de sus raíces caribeñas pasando a encarnar temores a la deshumanización, la radiactividad, el consumismo, el militarismo, la muerte, las enfermedades neurológicas, etc. Se ha convertido en una figura de ‘la Otredad’, junto con el extraterrestre, un receptáculo de las ansiedades modernas. A ello ayuda su ambiguo estatuto existencial de ‘persona del umbral’, la categoría de Victor Turner aplicada a quienes se mueven entre los límites; en su caso, a caballo de la vida y la muerte.

Fuente: SINC