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Icono estético y artístico de la segunda mitad del siglo XX, David Bowie falleció en Nueva York hace un año, el 10 de enero de 2016, a la edad de 69 años, víctima del cáncer.

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Nacido en 1947 como David Robert Jones en el Londres de la posguerra, fue hijo de una acomodadora de cine y un trabajador de una ONG. Su hermano mayor le introdujo el veneno del rock y David formó sus primeras bandas en la adolescencia. Adoptó el apellido artístico de Bowie, para diferenciarse de Davy Jones de los Monkees, y emprendió su carrera en solitario a mediados de los sesenta.

El éxito le llegó en 1969 con el single “Space Oddity”, una canción que trataba del viaje del astronauta de ficción, Major Tom.
“Hunky Dory” (1971) y “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders of Mars” (1972) cimentaron su leyenda global. La segunda mitad de los setenta trajo la llamada trilogía de Berlín, sus discos con Brian Eno, incluido el inmortal “Heroes” (1977). En los ochenta abrazó el pop y bajó a la pista de baile, con éxitos como “Let’s Dance” (1983).

Sin duda, fue uno de los artistas más camaleónicos que ha habido en la historia de la música. Representante del llamado “glam pop”, a lo largo de los años mezcló toques de punk, rock new romantic, música electrónica y un sinfín de estilos que han influido a otros artistas. Un cantante que supo reinventarse y sorprender, no sólo con su sonido, sino con su estilo. Su imaginación y su talento marcaron la segunda mitad del siglo XX. En alguna ocasión dijo: “Lo que hago es muy sencillo, es solo que mis elecciones son muy diferentes de las de otras personas”.

Tan original, Bowie imprimía magia a sus apariciones en las que le rodeaba ese halo de misterio y originalidad que tenía su propia persona. Y es que su mirada, un ojo de cada color, fruto de una pelea de adolescencia, ya le imprimía carácter.

Sin embargo, su carrera no se quedó en la música ya que pronto saltó al cine con “The man who fell to earth” (1976) y “Labyrinth” (1986), una cinta que se ha convertido en todo un objeto de culto de los 80’s. En ellas dio vida y puso rostro a la fantasía. También interpretó el papel principal de “El hombre elefante” en Broadway, participó en “Just a Gigolo” (1978), de Marlene Dietrich; e interpretó a Poncio Pilatos en la cinta de culto de Martin Scorsese, “La última tentación de Cristo” (1988).

Ejerció además de productor para artistas como Lou Reed, Iggy Pop, The Stooges y Moot the Hoople. Su influencia fue tal que incluso el Victoria and Albert Museum, en Londres, dedicó una exposición a su vida, trabajo y estilo en 2013, y desde ese momento llevó una vida tranquila, alejada de los reflectores.

Su última aparición pública fue un mes antes de su muerte en el estreno de “Lazarus”, un musical basado en su música.

Con sus discos, sus apariciones cinematográficas y sus looks, David Bowie dejó una huella imborrable en la música y en la cultura popular del último medio siglo.