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La llamada “fuerza de voluntad” es un término que nos podría parecer casi heróico. Cuando algo nos resulta costoso o cuando trabajamos por lograr objetivos a mediano o largo plazo como bajar de peso, salir a correr o dejar de fumar, con frecuencia recurrimos a decir que “no tenemos fuerza de voluntad” como forma de explicar nuestra falta de persistencia o el abandono de nuestros propósitos.

voluntad

No obstante, la “fuerza de voluntad” no es algo que se tenga o no se tenga. No se trata de un rasgo interno ni de algo que llevemos en nuestros genes. Es una capacidad que se puede aprender, desarrollar y entrenar. Todos tenemos la capacidad de controlar nuestros impulsos para dirigir nuestros pasos hacia donde verdaderamente queremos llegar, sólo que algunas veces, nos es más fácil hacerlo en algunos aspectos de la vida que en otros.

Muchas veces nuestros pensamientos, ideas y creencias influyen en nuestras emociones y en nuestra conducta. Si estamos convencidos de que no somos capaces de hacer ciertas cosas, ni siquiera vamos a intentar hacerlas. Pero nuestras creencias y estilo de pensamiento pueden estar equivocados y podemos cambiarlos para que no nos justifiquemos, argumentando que no tenemos fuerza de voluntad.

La fuerza de voluntad es la capacidad de persistir en actividades, objetivos o conductas que no reportan un beneficio inmediato, pero que tendrán consecuencias positivas en el futuro y, precisamente por eso, nos las proponemos. Sin embargo, las consecuencias inmediatas son las que mayor peso tienen a la hora de mantener una conducta, y el trabajar por algo de lo que no vemos beneficios inmediatos y que además es inicialmente costoso, es muy difícil de mantener, pues el balance costo/beneficio es muy alto. Pero, ¿por qué hay gente capaz de realizar esfuerzos y mantenerlos en el tiempo?

Lo primero y más importante para cultivar esta fuerza es la motivación. Si no estamos suficientemente motivados, no podremos llegar a cambios concretos y duraderos en el tiempo. Muchas veces comenzamos una dieta más porque no nos queda nuestra ropa o nos comparamos con la persona delgada que está en nuestro trabajo o escuela, en vez de verlo como el hecho de intentar cambiar un hábito, que en este caso sería, cambiar algunos alimentos, horarios, métodos de cocinar, etc.

Es muy importante preguntarse primero por qué la meta, y si realmente se quiere lograr; si es algo genuino que nace de nosotros, por amor a nosotros mismos o es algo impuesto externamente que forma parte de nuestras creencias o la manera en que nos educaron. La  importancia de la motivación radica en que si intentamos hacer cosas sin suficiente convicción, tarde o temprano abandonaremos nuestro objetivo, sintiéndonos cada vez más frustrados y enojados con nosotros mismos, lo que nos hará perder confianza personal  y autoestima.

Un segundo punto importante es tener tolerancia a la frustración. Esto es entender que muchas veces podemos equivocarnos o pueden salir las cosas de modo diferente a como queremos que sean y a pesar de ello, seguir adelante. Una persona con buena tolerancia a la frustración generalmente es una persona con buena autoestima, ya que se permite cometer errores y no se censura por ellos, y a su vez  admite que los demás se equivoquen sin recriminarlos exageradamente cuando lo hacen.

Sin embargo, muchos de nosotros tenemos en nuestro interior un “Señor Enjuiciador” que está constantemente poniendo “palomitas” o “taches” en todo lo que hacemos. En nuestra mente, escuchamos voces en diferentes tonos que nos llaman “tontos”, “flojos”, “descontrolados”, “poco disciplinados”, entre muchas otras cosas, cada vez que cometemos un error o fracasamos.

Ser más flexibles con nosotros mismos, no etiquetarnos con tanta frecuencia e ir aprendiendo de los errores, no en base a la autoagresión y al castigo sino con amor, son claves fundamentales para desarrollar una buena autoestima y tolerancia a la frustración.

No es que esas personas tengan algo especial, ni que hayan nacido con rasgos innatos que les hacen capaces de ello, sino que han aprendido que les compensa trabajar por el beneficio diferido, pese a ese esfuerzo inicial, en lugar de desistir. Esto ha sido posible porque han persistido el tiempo suficiente como para ver resultados.

Si siempre nos rendimos, es difícil que nos veamos alentados a continuar, pero si conseguimos hacer ese pequeño esfuerzo inicial, llegará un momento en que dicho esfuerzo ya no parezca tan grande y las gratificaciones que antes nos parecían tan lejanas, se empezarán a percibir y a disfrutar.