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El 22 de noviembre se cumple un siglo de la muerte de Jack London, el narrador de aventuras que inició en la literatura a generaciones de jóvenes con sus buscadores de oro en Alaska y sus marineros de los mares del sur. Menos recordadas son sus obras de ciencia ficción, entre las que sobresale la primera distopía moderna, “El Talón de Hierro”. Su descripción de un régimen ultraderechista en Estados Unidos cobra plena actualidad en estos tiempos.

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Marinero, buscador de oro, socialista, vagabundo, corresponsal de guerra, escritor a destajo y autor de ciencia ficción, Jack London nació en 1876 en San Francisco como John Griffith Chaney.

La primera pieza que vendió a un editor pertenecía al género de la ciencia ficción. Le siguieron una docena de cuentos y cuatro novelas en los que explora temas que hoy nos suenan familiares: la reanimación de cadáveres (A thousand deaths); la búsqueda de la fórmula de la invisibilidad (The shadow and the flash); el derrumbe de la civilización a causa de una pandemia global (La plaga escarlata); y la guerra bacteriológica entre una potencia asiática y las naciones de raza blanca (The unparalell invasion).

Sus fábulas darwinistas ‘Colmillo Blanco’ y ‘La llamada de la selva’, narradas desde el punto de vista de un lobo y un perro, son clásicos de la literatura juvenil.

De sus escritos de anticipación el más memorable es el ‘Talón de Hierro’ (1908). Esta aventura socialista de proporciones épicas gira en torno a dos revolucionarios, la pareja formada por Everhard y Avis, que en un futuro cercano dirigirán al pueblo americano en su combate contra la oligarquía de los plutócratas.

Los hechos se precipitan cuando una huelga general simultánea en EE UU y Alemania obliga a los gobiernos a desistir de una guerra de rapiña. El Ejecutivo estadounidense, furioso de que hayan frustrado sus planes expansionistas, reacciona culpando a Everhard, flamante diputado, de un atentado al Congreso montado por sus propios esbirros. A continuación, impone una reforma autoritaria de la Constitución que le permite arrasar las libertades y controles democráticos.

El Talón de Hierro –así se llama el régimen de la plutocracia– se dota de una policía secreta y con la ayuda de sindicatos corruptos consigue sojuzgar a la población.

El clímax llega en una de las grandes escenas de la literatura apocalíptica: el sangriento aplastamiento de la rebelión popular en Chicago a manos de mercenarios paramilitares.

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Publicada en una coyuntura convulsa de Estados Unidos, de concentración de la economía en grandes monopolios, empobrecimiento masivo, corrupción galopante, enriquecimiento obsceno de una minoría de magnates y auge del Partido Socialista –cuyo candidato Eugene Debs quedó tercero en las elecciones presidenciales de 1904–, la novela no pasó desapercibida.

Unos críticos la tacharon de panfletaria, los socialistas moderados condenaron su escepticismo en las políticas reformistas, mientras otros celebraron su eficacia propagandística en aras del progreso social.

Años más tarde, le atribuyeron un valor premonitorio: haber anticipado el fascismo antes de que este cobrara existencia. La imputación a Everhard del atentado al Congreso prefigura el complot inventado por los nazis a raíz del incendio del Reichstag, la excusa usada para instaurar su dictadura.

Hoy, muchos ven en ‘El Talón de Hierro’ la obra maestra del autor de San Francisco. A London, el escritor mejor pagado de su época, la vivencia de la injusticia en carne propia y la solidaridad con los desposeídos le decantaron en contra de los poderosos, aguzando su intuición de la reacción latente en su país para mayor riqueza de un texto que en su día sonó tremendista y hoy no lo parece tanto.

Jack London falleció el 22 de noviembre de 1916 y su muerte continúa rodeada de un halo de misterio. Aunque algunas voces sostienen que fue un suicidio, el certificado de defunción señala muerte por uremia, aunque no se descarta una sobredosis de morfina, la cual tomaba para calmar un dolor extremo que padecía.

Fuente: SINC