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A las personas les encanta establecer jerarquías sociales. Volvemos al punto de los chips que nos insertan por generaciones. Por alguna extraña razón, creemos que tener pareja nos da un estatus diferente al que tiene una persona en solitario. 

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Partiendo de este punto, cuando nos damos cuenta de que somos los únicos de nuestro círculo más cercano de amigos que estamos solteros, por un momento, nos volcamos a escenas realmente desesperanzadoras y nos damos al drama, tal Bridget Jones sentada en su sala comiendo un litro de helado (unas 350 calorías por ración) y teniendo de fondo la versión de Celine Dion de “All by Myself”, esperando morir sola para luego ser comida por perros.

Pero lo complicado no es estar solo, sino que en el intento de poder hacer “match” de nuevo con los amigos, uno empieza a buscar pareja. No es difícil conseguir pareja, pero no se trata de caer con el primero (a) que nos pase enfrente, ni presionarnos por estar emparejados cuando sentimos que aún no estamos tan convencidos de estarlo.

Sí, es horrible que antes de que todos los amigos estuvieran emparejados, en la noche del viernes hablaban a las 9 de la noche para ir al antro, y ahora que ya tienen a su “Mosco”, “Flaca”, “Puchungo”, “Pastelito” o demás sobrenombres de cariño que le ponen a su novio (a), el celular ya no suena a esas horas. Bueno, ni un WhatsApp con cadena de oración llega o un “like” en tu estatus nocturno de viernes en Facebook.

Durante la semana, estamos tan ocupados con nuestras actividades diarias, que casi ni nos damos cuenta, pero nada más se acerca el fin de semana y el sentimiento de angustia empieza y esos pensamientos depresivos de “Estoy solo (a). No tengo novio (a). Soy feo (a). Nadie me quiere. ¿Qué tendré? ¿No me depilé (rasuré) bien? Debe ser el tinte o el corte de pelo que no me favorece. Estoy hecho (a) un bodoque. ¿Seré insoportable?”. N’ombre, somos tan cariñosos con nosotros mismos.

Ni que decir si te invitan a una reunión y de repente, los enamorados empiezan a hablar en color rosa o comienzan con muestras de cariño. Todo es miel sobre hojuelas. El amor es maravilloso seguramente, pero toda la plática gira en torno a las virtudes de haber sido flechado por Cupido. Inevitablemente, el soltero empezará a perder interés y las posibilidades de que se produzca un alejamiento entre esa persona y el resto incrementan considerablemente porque hablan diferente idioma.

Y que no se le ocurra a alguien del grupo o varios de ellos salir con frases típicas de “pues ya, ca’on, consíguete una novia. A ver cuándo nos presentas a alguien. Te estás quedando”. La verdad, eso cala hasta el túetano. Lo que empezó como una broma, se convierte en presión y vuelve la angustia a apoderarse del solitario. Resultado: pretextos para no verlos.

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En vez de preocuparnos por eso, hay que ver que existen muchas cosas que podemos disfrutar mientras estamos solteros.

Veamos la situación como el momento perfecto para ser libre. Esta es una buena etapa para que uno pueda relacionarse con otro tipo de gente que a lo mejor, no son como los amigos, pero pueden resultar interesantes. La presencia de ellos modera la sensación de encontrarse, ya que tienen fines y temas en común. Tampoco se trata de alejarse de las amistades emparejadas. Sólo hay que pensar que las amistades verdaderas atraviesan por etapas y si éstas son sólidas, seguramente más adelante volverá a darse ese “match”.

Si lo que más nos molesta son los comentarios o creemos que, en la intimidad, nuestros amigos han de hablar de nuestra situación, hay que platicar abiertamente con ellos de cómo nos sentimos. No es un tema fácil, pero sacarlo, seguramente nos hará sentir un poco más aliviados.

Por  ningún motivo hay que sentirnos inseguros ni presionados. Las decisiones de tener una pareja son personales. No hay ninguna ley que diga que a cierta edad hay que tener novio (a) o casarse.

El ser el único soltero del grupo no es tan malo si tomamos una actitud positiva y logramos abrirnos a nuevas experiencias que nos enriquezcan. Es más, nuestro círculo puede empezar a ampliarse y en una de esas, quizá, el amor llegue a nosotros.