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Como todos los procesos históricos complejos, son muchos los factores que entran en juego para explicarlos, pero los detonantes suelen ser hechos comunes, errores, o en muchas ocasiones, situaciones fortuitas. Y la caída del Muro de Berlín no fue la excepción.

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Quizás fue el hecho histórico más trascendental en la última parte del siglo XX, la culminación de varios acontecimientos que se fueron suscitando poco a poco, en medio de un ambiente de tensión, en que la Alemania del bloque comunista daba claras señales de fatiga y miles de germano-orientales empezaron a escapar por diferentes fronteras a mediados de 1989.

Atrás quedaban 28 años del Muro de Berlín, o como bien lo llamaron “El Muro de la Vergüenza”, una pared de hormigón de entre 3.5 y 4 metros de altura, con un interior formado por cables de acero para aumentar su resistencia, rematada en su parte superior con una superficie semiesférica para que nadie pudiera agarrarse a ella.

Acompañando al muro, se creó la llamada “franja de la muerte”, formada por un foso, una alambrada, una carretera por la que circulaban constantemente vehículos militares, sistemas de alarma, armas automáticas, torres de vigilancia y patrullas acompañadas por perros las 24 horas del día; todo con tal de evitar que millones de personas dejaran atrás la Alemania Oriental para adentrarse en el capitalismo.

Tratar de escapar era similar a jugar a la ruleta rusa con el depósito cargado de balas. Aun así, fueron muchos los que lo intentaron; algunos con éxito y otros, con fatídicas consecuencias. Cifras oficiales contabilizan cinco mil fugas hacia Alemania Occidental, 192 personas murieron y 57 lograron pasar por un túnel.

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Pero en 1989 llegarían los “vientos de cambio”, y la visita necesaria para detonarlos ocurrió el 7 de octubre, cuando el líder de la Unión Soviética, Mijail Gorbachov, arribó a la República Democrática Alemana. Multitudinarias manifestaciones surgieron tras la visita del líder reformador soviético, aumentando el descontento y la inestabilidad al interior de la Alemania Democrática.

Leizpig y Berlin fueron los focos de las protestas, mientras cientos de alemanes-orientales seguían escapando por Polonia, Checoslovaquia y Hungría.

La presión interna siguió creciendo y los nuevos líderes de la Alemania comunista decidieron flexibilizar la prohibición que tenían los alemanes-orientales para dejar el país. La tarde del 9 de noviembre de 1989 se anunció la derogación de las limitaciones impuestas a los permisos de viaje, así como la autorización para cruzar los pasos fronterizos entre las Alemanias.

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Miles de personas se dirigieron hacia los cruces fronterizos, incluyendo los del Muro. La escasa policía fronteriza, sin poder contener a la muchedumbre y sin tener órdenes claras, levantó las barreras.

Entre el 9 y 10 de noviembre, una multitud de berlineses, tanto del sector occidental como del oriental, acudieron a la Puerta de Brandeburgo para encaramarse sobre el muro. Otros decidieron derribarlo con martillos y cinceles. La rivalidad Capitalismo-Socialismo, encarnada en EUA – U.R.S.S, llegaba a su fin de la manera más simbólica: con una Alemania unificada.