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Quizá sea una de las frases más trilladas de la vida, pero también es una de las más ciertas y con un significado más profundo del que generalmente le damos: “Todo pasa por algo”.

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A todos nos ha sucedido que alguien llega a nuestra vida y sabemos de inmediato que esa persona debe estar precisamente ahí en ese momento, pero no sabemos para qué. Ya sea para servir a algún propósito específico, para darnos una lección o para ayudarnos a determinar quiénes somos o quiénes deseamos llegar a ser, esa persona tiene una misión en nuestra vida, sin duda.

Generalmente, no sabemos de antemano quién es esa persona, pero cuando miramos su alma a través de sus ojos nos damos cuenta de que el hecho de estar con ella, o él, afectará nuestra vida de una manera profunda.

¿Cuántas veces hemos vivido experiencias que en su momento parecieron terribles, dolorosas, desgastadoras e injustas; pero cuando tuvimos la oportunidad de reflexionar, nos dimos cuenta de que si no hubiéramos tenido la vivencia de superar esos obstáculos, nunca habríamos alcanzado nuestro verdadero potencial?

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Nada sucede por casualidad, y menos por buena o mala suerte. Las enfermedades, las decepciones, y todo eso que vemos como “problemas”, son realmente las experiencias que le dan sentido a nuestras vidas. Los éxitos y las caídas son el material con el cual creamos la vida que deseamos.

De las malas experiencias es de donde tenemos mucho que aprender; si sentimos que alguien nos hiere, nos traiciona, nos decepciona o nos rompe el corazón, trabajemos en agradecerle y perdonarlo o perdonarla, porque es precisamente esa persona la que nos está ayudando a aprender acerca de la confianza y la importancia de ser cautelosos cuando abrimos nuestro corazón.

Aprendamos a apreciar cada instante y a vivirlo al máximo como si no fuera a regresar nunca, porque, de hecho, nunca regresará. Escuchemos nuestro corazón, pues él tiene todas las respuestas y sabe que todo, absolutamente todo, llega a nuestra vida en el momento justo y por una razón.