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Vivimos en un mundo en donde a la imagen se le ha dado un peso muy importante, sobre todo en adolescentes. Según cifras, un 60% de las patologías alimentarias que sufren los jóvenes responden a mandatos sociales.

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La cultura, el hecho de privilegiar la forma del cuerpo por otros valores, comunicarnos por la figura, darle importancia al ser flaco, hablar de lo delgado que estamos y de las calorías, son temas recurrentes en la actualidad entre los adolescentes.

Hoy en día, ser delgado es visto como tener éxito, es introducirse en sociedad y por ende, le dan más importancia a su cuerpo que a su carrera y sus habilidades sociales. La adolescencia es una etapa de mucha vulnerabilidad y atravesarla con estos mandatos sociales, no la hace para nada fácil.

Con tal de obtener un cuerpo que encaje con los estándares sociales predominantes, en estos momentos ha surgido una nueva modalidad que está seduciendo a jóvenes para inhibir el hambre y bajar de peso: las mamilas, sustancias inhalantes, como thinner, tolueno, gasolina blanca o aguarrás, que se ocultan en botellas con colorantes, frutas y perfumes.

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Anteriormente a esto le llamaban “monas”, pero ahora la modalidad es distinta. El inhalante se encuentra en envases similares a los de fragancias corporales para mujer hecho con thinner, tolueno, gasolina blanca o aguarrás, disfrazado con saborizante, aromatizante y colorante, para no sentir hambre y saltarse hasta dos comidas en un día.

El costo de una mamila es barato y puede durar hasta 10 horas, tiempo que tarda en evaporarse el compuesto químico. Su consumo demuestra que el uso de solventes como droga ya se extendió a la clase media y no se limita a población en situación de precariedad como se solía pensar.

Al ser consumidor de mamilas se afecta el sistema nervioso central, debido a que el efecto es muy rápido por el tipo de sustancia que se aspira, tardando de dos a cinco minutos en surtir efecto, y afectando principalmente el riñón e hígado.