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Su vida estuvo marcada por la tragedia y las adversidades, pero José Clemente Orozco no solo supo plasmar en sus murales y pinturas, el dinamismo y contenido social de su época, sino que se convirtió en uno de los fundadores del Muralismo Mexicano.

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José Clemente Ángel Orozco Flores nació en Zapotlán (hoy Ciudad Guzmán), Jalisco, el 23 de noviembre de 1883. De niño conoció la obra de José Guadalupe Posada, cuyos grabados lo llevaron a interesarse por la pintura.

Unido por vínculos de afinidad ideológica y por la propia naturaleza de su trabajo artístico a las controvertidas personalidades de Rivera, Siqueiros y Tamayo, Orozco fue uno de los creadores que, en el fértil período posrevolucionario, hizo florecer el arte pictórico mexicano gracias a sus originales creaciones, marcadas por las tendencias artísticas que surgían al otro lado del Atlántico, en la vieja Europa.

Empeñado en llevar a cabo una tarea de educación de las masas populares, con objeto de incitarlas a la toma de conciencia revolucionaria y nacional, que era el espíritu del Muralismo Mexicano, Orozco buscó un lenguaje plástico directo, sencillo y poderoso, sin demasiadas concesiones al experimentalismo vanguardista.

Formado en la Academia de Bellas Artes de San Carlos, el destino profesional que el entorno familiar le reservaba no satisfacía en absoluto las aspiraciones de Orozco, que muy pronto tuvo que afrontar las consecuencias de un combate interior en el que su talento artístico se rebelaba ante unos estudios que no le interesaban.

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En un principio se esforzó brevemente en imponer a su estilo formas del Renacimiento italiano, pero su incontenible violencia indígena lo llevó a establecer un contraste entre la amenaza presente de la masa anárquica y el sufrimiento del ser humano como individuo; sin embargo, al final triunfó su calidad humana, pues su amor por los oprimidos fue tan grande que con toda justicia se puede llamar a Orozco un gran humanista del arte.

En la producción de sus años puede advertirse un afán innovador, un deseo de experimentar con nuevas técnicas, que se refleja en el mural “La Alegoría nacional”, en cuya realización utilizó fragmentos metálicos incrustados en el hormigón.

Orozco murió el 7 de septiembre de 1949 en la Ciudad de México, mientras trabajaba en los primeros trazos de un mural en el edificio multifamiliar Miguel Alemán. Su aportación a la pintura nacional y la importancia de su figura artística decidieron ordenar que sus restos recibieran sepultura en la Rotonda de los Personajes Ilustres.