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Muchas veces hemos escuchado aquello de que los polos opuestos se atraen, pero hay quienes consideran que cuanto más parecidos sean los integrantes de una pareja, más sana será la relación.

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Cuando comenzamos una relación, si hay deseo, pasión y misterio, el resto parece no importar. Posiblemente los gustos de nuestra pareja no tengan nada que ver con los nuestros, pero no obstante esto se presenta como un reto para nosotros, ya que además de interesarnos por temas que nunca antes nos habían llamado la atención, el deseo y la atracción física opacan estas diferencias, dejándolas en un segundo plano, por el momento.

Esto se traduce en ejemplos como si a nuestra pareja le encanta el fútbol, estaremos con él viendo el partido porque todo es magia o color, y si a nosotros nos gusta ir de compras pero a la otra persona no, esto dará igual. Todo parece nuevo.

En otras ocasiones, esa otra persona nos da a conocer aficiones de las que nunca antes nos percatamos, lo cual es un añadido a la relación y un valor seguro para maravillarnos con ese nuevo “algo”, al mismo tiempo que esa actividad nos asegura un interés común en el futuro. Obviamente lo comentado hasta ahora hace referencia a las aficiones, pero también entran otros aspectos más psicológicos como la madurez ante respectivas situaciones, el temperamento, la concepción de una relación y un largo etcétera.

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Cuando esa primera fase de pasión y enamoramiento cesa, es cuando entran en acción todos aquellos elementos que dejábamos atrás: las aficiones diferentes, las conductas opuestas o esas cualidades que, aunque no nos terminaban de convencer, olvidábamos en pos de otras.

Sin embargo, cuando el enamoramiento se detiene, se abre una nueva fase en la que entran factores como la rutina, siempre sin olvidar ese punto de deseo. Es en este período cuando, posiblemente, nuestras diferencias sean aceptadas, permitiendo que la comunicación y el espacio encaminen la pareja hacia un buen puerto, o que realmente estas diferencias condenen la relación, pues seremos menos tolerantes, la rutina engrandecerá los pequeños detalles y las aficiones que antes tolerábamos, ahora nos resultarán insoportables.

Si realmente hay amor, respeto y comunicación, los dos integrantes de la pareja, aun conociendo sus diferencias pueden llegar a establecer ciertas pautas. El espacio es importante para que cada uno disfrute de sus aficiones con sus amigos o en solitario, al mismo tiempo que refrescan la relación y dejan un margen de libertad al amor, el cual no entiende de aficiones o puntos de vista.

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Si no consiguen dominar o tratarlas a tiempo, sin duda estas diferencias terminarán de sepultar lo que queda de la relación.

Por último, la tercera opción es que, si bien hay amor y deseo, no soportamos las diferencias y ni siquiera nos molestamos en ponerlas a raya sino que preferimos montar en cólera y convertir nuestro espacio común en un campo de batalla, es ahí cuando las relaciones se convierten en un absoluto infierno.

Saber si dos personas sin nada en común pueden ser pareja es algo que necesita de tiempo, y una vez conocidas las diferencias todo es cuestión de, mediante el respeto, dialogar con tal de seguir conservando nuestras aficiones y las suyas, y de saber frenar ante determinadas situaciones debido a nuestro temperamento.