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Si bien es cierto, la edad es un mero número, y el sentirse joven o viejo es cuestión de actitud, en la actualidad hay corrientes que consideran el periodo de adolescencia hasta los 25 años.

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Según psicólogos, la idea de que de repente a los 18 años ya eres adulto simplemente no acaba de cuadrar, pues los jóvenes todavía necesitan una cantidad considerable de apoyo y ayuda más allá de esa edad.

A menudo se quiere que los jóvenes logren éxito muy rápido, pero ahora la intención es ser más conscientes de que esto no es así y que se necesita continuar con el aprendizaje más allá de los 18 años.  En etapas posteriores se logra una mayor madurez emocional; además, está comprobado que la percepción de la imagen personal y el propio juicio se verán afectados hasta que la corteza prefrontal del cerebro se desarrolle completamente, situación que ocurre entrados los 20 años.

Algunos jóvenes adolescentes pueden querer quedarse más tiempo con sus familias, ya que necesitan más apoyo durante estos años de formación, y es importante que los padres se den cuenta de que no todos los jóvenes se desarrollan al mismo ritmo; sin embargo, se corre el peligro de que se esté criando a jóvenes que se resisten a dejar la adolescencia.

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Ante esto, los padres han infantilizado a los jóvenes y esto ha dado lugar a un número creciente de hombres y mujeres jóvenes que se acercan a los 30 años y aún viven en el hogar familiar. A menudo se dice que este fenómeno tiene que ver con razones económicas, pero en realidad puede que haya un motivo más detrás de este tipo de comportamientos.

Anteriormente, el no salir de la casa paternal al llegar a los veinte era una especie de “muerte social”, pero ahora es visto como algo normal, aunque se corre el riesgo de una pérdida de la aspiración a la independencia y salir adelante por propia cuenta.

Este tipo de cambio cultural significa básicamente que la adolescencia se extiende hasta más allá de los 20 años y que la psicología, de forma inadvertida, refuerza ese tipo de pasividad, impotencia y falta de madurez y la normaliza.

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Esta cultura infantilizada ha intensificado la sensación de “dependencia pasiva”, que puede dar lugar a dificultades en las relaciones entre adultos maduros. No es que el mundo se haya vuelto más cruel, sino que los padres retienen a sus hijos desde una edad muy temprana. Cuando tienen 11 ó 12 años no les dejan salir solos y a los 14 ó 15 años, los aíslan de las experiencias de la vida real.

Muchos padres evitan darle responsabilidades a sus hijos pensando que así su vida será más sencilla. Tienen razón, la vida sin responsabilidades es más fácil, pero también conlleva numerosos riesgos, sobre todo cuando ese joven se convierte en un adulto.

Cuando se es niño, no se cuenta con muchas estrategias para tomar buenas decisiones, ya que apenas se conoce el mundo. Además, en muchos casos no se es capaz de prever las consecuencias de sus acciones; sin embargo, la única forma de aprender a tomar decisiones, es tomándolas y equivocándose. Los padres deben darle a sus hijos la oportunidad de decidir, y deben mostrarles las consecuencias de sus actos.

A todos nos resulta difícil lidiar con la frustración, a los niños aún más. Sin embargo, es importante que desde que son muy pequeños aprendan a lidiar con el fracaso, que desarrollen una mayor tolerancia ante las dificultades que deben enfrentar en su vida cotidiana. También deben aprender a aceptarse y quererse como son. Solo de esta manera crecerán siendo personas autónomas, que no crean lazos enfermizos de dependencia con quienes les rodean.