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Elizabeth Rosemond Taylor, mejor conocida como Liz Taylor, nació en Hampstead, Londres, Reino Unido, el 27 de febrero de 1932. Uno de los últimos grandes mitos del cine clásico, una actriz que lo tuvo todo: talento, belleza, glamour y una vida sentimental agitada, seguida muy de cerca por la prensa.

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No ha habido una estrella de Hollywood con unos ojos como los suyos, entre el azul y el violeta. Ni una actriz que iguale su carrera cinematográfica repleta de éxitos. Tenía carisma, personalidad y fue una leyenda viva del cine. Sus tres Oscar, varios Globos de Oro y más de un Bafta acreditan su talento.

De temperamento dulce, pero no por ello empalagoso, empezó a triunfar a los nueve años con su primera película y los papeles infantiles que interpretó la hacían parecer casi angelical, aunque al mismo tiempo emitía un gran magnetismo y sensualidad. Sus ojos, su acento y una madurez impropia de su edad hacían imposible que pasara inadvertida.

Ya en su adolescencia y en su primera juventud, los estudios empezaron a no saber muy bien qué hacer con ella, pues no se acoplaba a los estereotipos de las chicas estadounidenses. Desde finales de la década de los cuarenta y principios de los cincuenta interpretó por lo general a muchachas ricas de luminosa belleza, aunque también existían trabajos donde demostraba poseer un inteligente sentido del humor y una personalidad fuerte y apasionada.

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Con el tiempo fue perdiendo el aura de joven delicada e infantil, y empezó a sentirse atraída por papeles de mujeres duras que sufren presiones psicológicas, un estilo que iba a ser una constante a lo largo del resto de su carrera, quizá porque tales interpretaciones permitían reflejar su propia personalidad.

Un hito en su carrera lo marcó “Cleopatra”, de Joseph L. Mankiewicz, y su relación con Richard Burton, que se inició durante el rodaje de esta película. Elizabeth Taylor interpretó a la reina de Egipto a cambio de un millón de dólares, cifra estratosférica para una actriz en aquellos años, lo que la elevó de estatus.

Su atractivo y magnetismo eran irresistibles para los hombres. Fue tan famosa por su carrera cinematográfica como por su vida sentimental. Liz Taylor se casó ocho veces porque prefería tener maridos que amantes.

Pero además, se distinguió por su parte amistosa. Fue la mejor amiga y la mayor ayuda de Rock Hudson cuando el actor enfermó y confesó por fin aquel mal innombrable que casi nadie se atrevía a pronunciar. Se puso al lado de Michael Jackson cuando fue acusado de pederastia y le destrozaron en los tribunales. Fue el mejor apoyo de Montgomery Cliff, que jamás se atrevió a confesar públicamente su condición de homosexual y se sentía incomprendido y marginado.

Poco a poco se fue retirando del cine, pero continuó reinventándose. Se convirtió en una de las personalidades más activas en la lucha contra el SIDA, una labor por la que fue galardonada con el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación.

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Parecía una mujer frágil, y de hecho sufrió diversos percances físicos que la llevaron varias veces al borde de la muerte, pero se aferró a la vida hasta el último minuto de su existencia, el 23 de marzo de 2011, con lo que desaparecía un capítulo imprescindible de la historia del Hollywood dorado, una actriz mítica destinada a perdurar en el recuerdo, no sólo por su atractivo físico, sino principalmente por la fuerza de sus emotivas interpretaciones.