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Dicen los que de ello entienden que Rudolf Nuréyev fue el mejor bailarín del siglo XX, quizá el mejor que nunca haya existido, pero no hace falta ser un experto en ballet para quedarse boquiabierto ante la manera en que se movía, saltaba y se expresaba sobre un escenario.

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Como todo genio, su temperamento fue difícil, su soberbia infinita, su despotismo a la hora de tratar con los simples mortales; una exigencia hacia el mundo paralela a la que se dedicaba a sí mismo, y que sólo la derrota de la enfermedad que le arrasó a los 54 años, cuando el SIDA seguía siendo el impronunciable, logró atemperar.

Es difícil conectarse, tratar de comprender al Rudolf Nuréyev que fue. Los hombres cuando mueren pasan a ser recuerdos, enriquecidos siempre como cualquier memoria, pero más difícil es tratar de desentrañarlo cuando la personalidad es pública y extraordinaria.

Varias biografías se han escrito acerca de quién ha sido el mayor referente para generaciones de bailarines. Nuréyev fue hombre de una autodisciplina extrema y una personalidad potente, su sola mirada podía desestabilizar al más frío. Su carácter irascible también lo hizo famoso.

Había nacido el 17 de marzo de 1938 en el seno de una familia marxista en plena era de la Rusia comunista. Destacó muy pronto como intérprete de danzas populares y a los 17 años logró ingresar en la escuela Vaganova, requisito casi imprescindible para poder luego ser admitido en el prestigioso Kirov de Leningrado.

En 1961, el primer bailarín se hartó del régimen soviético y desertó a Occidente durante una gira por Francia, aprovechando los trámites aduaneros del aeropuerto parisino de Bourget para escapar al control de los agentes de seguridad que acompañaban al Kirov en sus salidas al exterior.

La vida de Nuréyev se organizó alrededor de París y Londres. Mientras la imagen de la Unión Soviética sufría un duro golpe, el bailarín era muy bien recibido en occidente. En el Royal Ballet de Londres, cimentó su leyenda formando pareja con la bailarina Margot Fonteyn, y de la mano del coreógrafo Frederick Ashton, convirtiéndose en la pareja emblemática del ballet de la segunda mitad del siglo XX.

Trabajó también en la compañía de Martha Graham y en otras formaciones, como el American Ballet Theatre. En 1983 fue nombrado director del Ballet de la Ópera de París, puesto desde el que desplegó su actividad hasta su muerte en 1993.

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Cuando el sida apareció en Francia alrededor de 1982, Nuréyev, al igual que muchos otros homosexuales, ignoró la seriedad de la enfermedad. Supuestamente contrajo el VIH durante el comienzo de los años ochenta. Durante varios años simplemente negó que tuviese alggún problema con su salud.

Sobre el final de su vida se dio el lujo de volver a bailar en el escenario de su teatro, el Kirov. Intolerante al extremo con la debilidad, quienes lo han visto bailar no dejan de resaltar su virilidad y sensacional atractivo físico.

Cuando, alrededor de 1990, su enfermedad era evidente, lo achacó a otros problemas de salud y se negó a aceptar los tratamientos entonces disponibles. Finalmente tuvo que aceptar el hecho de que estaba muriendo y esto le ganó la admiración de muchos de sus detractores por su coraje durante este período, y continuó apareciendo públicamente a pesar de su empeoramiento físico.