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Hasta hoy son una de las parejas de ensueño de Hollywood, pese a que su amor no tuvo un final feliz: Elizabeth Taylor y Richard Burton se casaron dos veces, la primera hace exactamente 53 años.

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La leyenda habla de amor a primera vista. Desde el primer segundo, Taylor y Burton quedaron fascinados uno con el otro, al conocerse en el set de la película “Cleopatra” en 1963.

Ella tenía 30 años y era una estrella desde niña, con sus cabellos negros, ojos azules, tez de Blanca Nieves y labios rojos. Él algo mayor, conocido por sus papeles en obras de Shakespeare, cabellos marrones y algo rizados, mirada indolente.

Un año después, el 15 de marzo de 1964, los dos se daban el “sí”. Ambos estaban casados cuando se conocieron, lo que desató un enorme escándalo y titulares en los medios, y hasta El Vaticano criticó la relación. En entrevistas, fotos y otras diez películas juntos, la pareja exhibió su amor públicamente.

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El amor de Taylor y Richard Burton es, probablemente, el más ruidoso, turbulento, autodestructivo y delirante de la historia de la “Meca del Cine”. La película “¿Quién teme a Virginia Wolf?” fue todo un retrato de los conflictos que atormentaban en la vida real a la pareja. Burton escribió en sus diarios la “profunda insatisfacción mezclada con enormes dosis de sentimientos de culpa, alcohol, pereza, preocupación por la salud física de Elizabeth y su cordura”.

Los dos fueron superestrellas de Hollywood de su tiempo que se rodearon de lujos: elegantes mansiones, yates, aviones privados, enormes fiestas y sobre todo, joyas. De hecho, una de las muchas que Burton le regaló a Taylor fue bautizada luego con sus nombres: el diamante Taylor-Burton.

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Fue esa mezcla de amor inmenso y exhibido públicamente, belleza, glamour y riqueza, así como drama interminable, lo que hizo tan única a la pareja. En 1974 se divorciaron, para volver a casarse un año después, pero el segundo matrimonio duró menos de un año.

Burton murió en 1984 con solo 58 años en Suiza, como consecuencia de una hemorragia cerebral. Taylor, 27 años más tarde en Los Ángeles, por un paro cardíaco. Los dos descansan separados por el Atlántico, pero el mito permanece.