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Antonio Vivaldi es una de las figuras más relevantes de la historia de la música. Su maestría se refleja en haber cimentado el género del concierto, el más importante de su época.

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Fue en la ciudad de Venecia donde nació aunque no se tiene certeza de la fecha exacta del nacimiento, pero se cree que ocurrió el 3 de marzo de 1678.

Su abundante obra concertística ejerció una influencia determinante en la evolución histórica que llevó al afianzamiento de la sinfonía. No obstante, hay quienes han mencionado que Vivaldi no escribió nunca quinientos conciertos, sino “quinientas veces el mismo concierto”, lo cual no deja de tener un poco de razón en lo que concierne al original e inconfundible tono que supo imprimir a su música y que la hace rápidamente reconocible.

Autor prolífico, la producción de Vivaldi abarca no sólo el género concertante, sino también abundante música de cámara, vocal y operística. Célebre sobre todo por sus cuatro conciertos para violín y orquesta reunidos bajo el título “Las cuatro estaciones”, cuya fama ha eclipsado otras de sus obras igualmente valiosas, Vivaldi es por derecho propio uno de los más grandes compositores del período barroco, impulsor de la llamada Escuela veneciana y equiparable, por la calidad y originalidad de su aportación, a sus contemporáneos Bach y Häendel.

Orientado hacia la carrera eclesiástica, en 1703 ingresó como profesor de violín en el Pio Ospedale della Pietà, una institución dedicada a la formación musical de muchachas huérfanas, lugar en que dio vida a sus primeras composiciones, donde la vivacidad y la fantasía de la invención superan ya cualquier esquema y atestiguan una tendencia resuelta hacia la concepción individualista y, por ende, solista del concierto.

Con estas colecciones, Antonio Vivaldi alcanzó en poco tiempo renombre en todo el territorio italiano, desde donde su nombre se extendió al resto del continente europeo, y no sólo como compositor, sino también como violinista, pues fue uno de los más grandes de su tiempo.

Conocido y solicitado, la ópera, el único género que garantizaba grandes beneficios a los compositores de la época, atrajo también la atención de Vivaldi, a pesar de que su condición de eclesiástico le impedía en principio abordar un espectáculo considerado en exceso mundano y poco edificante.

La fama del músico alcanzó la cúspide en el meridiano de su vida con la publicación de sus más importantes colecciones instrumentales, “Il cimento dell’armonia e dell’inventione Op. 8” y “La cetra Op. 9”. La primera colección, publicada en Ámsterdam en 1725, contenía un total de doce conciertos y se iniciaba con el conjunto de cuatro conciertos con violín solista titulado “Las cuatro estaciones”, los mejores de la colección y los más célebres de su obra.

En “Las cuatro estaciones”, Vivaldi muestra no sólo la capacidad semántica de la música sino también su habilidad para crear climas sonoros, a la vez evocadores e intimistas. La obra describe el ciclo anual de la naturaleza, de los hombres que la trabajan y de los animales que la habitan. Cada uno de los cuatro conciertos desarrolla musicalmente el soneto de autor desconocido que lo precede, en cuyos versos se dibuja un cuadrito de la estación.

A fines de la década de 1730, el público veneciano empezó a mostrar menor interés por su música, por lo que Vivaldi decidió en 1741 probar fortuna en Viena, donde murió en la más absoluta pobreza un mes después de su llegada.

Caído en el olvido tras su muerte, el redescubrimiento de Vivaldi no tuvo lugar hasta el siglo XX, merced a la música de Bach, quien había transcrito doce conciertos vivaldianos a diferentes instrumentos. El interés por el músico alemán fue precisamente el que abrió el camino hacia el conocimiento de un artista habilidoso en extremo, prolífico como pocos y uno de los artífices de la evolución del concierto solista tal y como hoy lo conocemos.