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Desde tiempos antiguos, el hombre ha buscado la forma de darle solución a los problemas urbanísticos a los que se enfrenta en el día a día, a través de la edificación de infraestructuras de calidad.

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Uno de los ingenieros civiles que dedicó gran parte de su vida a experimentar dentro de su profesión y fundó una empresa especializada en estructuras metálicas fue Gustave Eiffel.

Pionero a la hora de considerar el factor aerodinámico en sus construcciones, hasta el punto de construir en Auteuil el primer laboratorio de aerodinámica, se incluyen en su haber obras tan diversas como el domo móvil del observatorio de Niza o la estructura metálica de la célebre estatua de la Libertad, en Nueva York.

Eiffel, quien nació el 15 de diciembre de 1832 en Dijon, Francia, cobró relevancia gracias la impresionante torre de acero situada en París y que fue bautizada con su nombre. La torre Eiffel se edificó en Champ-de-Mars, de París, para la Exposición Universal de 1889, y actualmente es uno de los edificios más conocidos del mundo, que se ha convertido en el símbolo de la capital francesa.

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La organización de la Exposición Universal, conmemorativa del centenario de la Revolución Francesa (1789), fue aprovechada por Eiffel para demostrar al mundo los avances tecnológicos de la arquitectura de su país mediante la erección de una torre de 300 metros de altura y estructura de hierro. Tras la aprobación del proyecto, concebido por su colaborador Maurice Koechlin, se erigió en la orilla izquierda del Sena, en pleno centro de París. Las obras se iniciaron en 1887 y en su construcción se invirtieron dos años y seis mil 900 toneladas de hierro.

La torre se levanta sobre una base cuadrada de 125 metros, que tiene incrustados en sus ángulos los cuatro soportes de arranque en los que se inscriben los elegantes arcos que sostienen los diferentes pisos. Las curvas de los cuatro laterales proporcionan una impresión de fuerza y de belleza y los huecos favorecen el paso del aire, garantizando la estabilidad del edificio. Su sistema de ascensores de gran cabida fue el primero que se instaló en el mundo. Sus 300 metros la convirtieron en el edificio más alto del mundo hasta la inauguración del Empire State Building de Nueva York en 1922.

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Su construcción despertó una encendida polémica, pues muchos la consideraban una tosca estructura carente de sensibilidad artística. En los inicios de su construcción, un grupo de intelectuales firmaron una carta de protesta dirigida al comisario de la Exposición, en la que se quejaban de esa “torre vertiginosa y ridícula que domina París, como una gigantesca y oscura chimenea de fábrica”, pero una vez acabada, muchos de los detractores iniciales se sintieron seducidos “por lo fantástico que deleita nuestra pequeñez. Bien plantada sobre sus piernas arqueadas, sólida, enorme, monstruosa, brutal, se diría que, despreciando silbidos y aplausos, trata de buscar y desafiar al cielo, sin importarle lo que se mueva a sus pies”.

Pasada la Exposición, se pensó en su demolición debido a los elevados costos de mantenimiento y al peligro de un futuro debilitamiento de la estructura por oxidación; sin embargo, la fuerte reacción popular ante la idea de que la torre despareciera, considerada como un símbolo nacional, hizo que se desistiera de tal propósito. En la actualidad, además de constituir una atracción turística, la torre alberga las instalaciones de la Radiotelevisión Francesa y funciona como baliza para los aviones que se dirigen al aeropuerto parisiense de Orly.