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Del ícono del narcotráfico colombiano Pablo Escobar circulan diversos mitos y realidades, mismos que lo sitúan en distintos panoramas de la mafia pero que conllevan a una sola conclusión: el era, como le decían, “El Patrón”.

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Considerado el fundador, máximo líder y jefe del cártel de Medellín, Escobar llegó a ser el hombre con más poder de la mafia colombiana y uno de los criminales más ricos y peligrosos, en el que amasó una estratosférica fortuna.

A la violencia endémica que la sociedad colombiana venía padeciendo con los enfrentamientos entre las diversas guerrillas revolucionarias y el ejército, hubo que sumar en la década de los ochenta, el espectacular auge de los cárteles del narcotráfico, que llegaron a desatar la guerra contra el mismo Estado.

Escobar comenzó su carrera delictiva emprendiendo un negocio de producción y distribución de cocaína que iría creciendo con el tiempo hasta convertirse en una vasta organización delictiva.

Contrario a lo que mucha gente hubiera creído, rehusó permanecer en el anonimato, y, arropándose en el papel de “hombre del pueblo”, financió planes de desarrollo de suburbios para la gente necesitada, lo que le permitió internarse en la vida política del país sudamericano y obtener votos para puestos de elección pública.

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Además, en su afán de adquirir poder y capacidad de manipulación, en más de una ocasión aportó dinero para las campañas parlamentarias y presidenciales. Y aunque era considerado por muchas autoridades como el enemigo público, fue tal su influencia que logró salir airoso del asedio, aunque tiempo después tuvo que refugiarse en la clandestinidad.

Pero la incorporación de los narcotraficantes a la vida política del país generó que Estados Unidos, principal consumidor de la droga que exportaba Escobar, presionara para lograr la extradición del capo, quien tenía cobijo por una parte en las altas esferas del poder, pero también detractores, lo que desencadenó una ola de asesinatos dentro de una guerra en la que caerían líderes populares y agrarios, diputados y senadores, periodistas y jueces, candidatos a la presidencia y muchos otros personajes de la vida nacional colombiana.

El cártel de Medellín sembró el pánico, cobrando la vida de más de 10 mil personas; además, la organización fue responsable de innumerables actos de terrorismo, entre ellos, la colocación de más de 250 bombas y varias decenas de matanzas que dejaron un saldo de mil 142 civiles muertos y 657 policías entre 1989 y 1993, para obligar al gobierno a abolir la extradición de colombianos a Estados Unidos.

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Finalmente, durante la presidencia de César Gaviria, se aprobó la Constitución de 1991, en la que quedaba prohibida la extradición de ciudadanos colombianos y dio pie para que Pablo Escobar y otros miembros del cártel de Medellín decidieran entregarse a la justicia.

Así, ingresó en una cárcel que construyó con su dinero en unos terrenos de su propiedad, bautizada como La Catedral, que estaba dotada de todos los lujos imaginables y que no albergaba más reos que el propio Escobar y sus lugartenientes y colaboradores, que abandonó después de trece meses de reclusión.

El gobierno de Gaviria ofreció jugosas recompensas por cualquier dato acerca de su paradero. Durante más de un año logró eludir su captura, hasta que finalmente el 2 de diciembre de 1993, cuando acababa de cumplir 44 años, fue abatido a tiros por quince policías del Bloque de Búsqueda, grupo especialmente constituido para su captura.

Se cerraba así uno de los episodios más significativos de la historia colombiana de la segunda mitad del siglo XX. La caída de Pablo Escobar  acabó con la época donde una gran organización llegó a copar la mayor parte del mercado y a desafiar abiertamente a las autoridades hasta el punto de desestabilizar a toda Colombia.