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Desafortunadamente el acoso callejero es un problema con el que las mujeres tenemos que lidiar todos los días en nuestras ciudades.

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El acoso sexual se define por el miedo y la incomodidad. No todos los piropos van acompañados de avances físicos indeseables, pero por seguridad, no se puede ignorar esa posibilidad.

El acoso sexual callejero es una modalidad que no tenía nombre propio, que no pasaba de una charla como una anécdota sobre “un desubicado” que dijo tal o cual cosa en la calle; eso a lo que las mujeres se acostumbraron en silencio y muchas veces, contra su voluntad, lo tomaron como algo relativamente aceptable.

En las calles o en el transporte público, había una línea borrosa o simplemente imperceptible, muy por el contrario del ámbito laboral, donde existe una definición oficial, existen reglas a seguir, autoridades competentes en la materia y castigos para los infractores. Lo que para algunos es un simple saludo para una mujer puede llegar a ser una amenaza.

Sin embargo, el concepto de golpe irrumpió en la escena de la sociedad, destruyendo los moldes del propio sexo femenino, dejando en jaque a los hombres y poniendo en evidencia un concepto que de estar naturalizado, pasó a ser denunciado.

En los últimos años, muchas personas se enteraron que el acoso callejero reviste más gravedad de la que se creía, pero ante el vacío de información, no había manera de instrumentar y canalizar el rechazo que esto genera así como dar a conocer la realidad de este tipo violencia ejercida mayormente en detrimento de la mujer.

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El acoso callejero en todas sus formas, desde gestos vulgares, comentarios e insinuaciones sexuales, exhibicionismo, hasta silbidos y tocamientos, siempre ha generado repudio en el sexo femenino, y encuentra algunas de sus causas en la banalización que de este tema hacen diversos medios de comunicación, al mostrar a la mujer como objeto.

Si bien los medios de comunicación no son los creadores de la violencia que se ejerce sobre los cuerpos de las mujeres, tienen una gran responsabilidad en la perpetuación de todas las formas de discriminación y dominación en las que las mujeres aparecen como un objeto, eliminando su calidad de sujetas y agentes, poniéndolas en un plano falto de decisión y acción.

En este orden de ideas, en la calle se pueden observar los efectos materiales de tales imaginarios: las mujeres son vistas como un objeto, son sólo cuerpo, un cuerpo sobre el cual se puede emitir una opinión a antojo, que se puede tocar o vulnerar, sobre el que se puede ejercer poder según el antojo de quien acosa, pues carece de razón y solo se ha construido para contemplar y manejar según el deseo masculino.

Es hasta hace poco tiempo que en América Latina se despertó este nivel de conciencia sobre la gravedad del asunto, y las encuestas aún arrojan números preocupantes al respecto.

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Es importante destacar que ante cada movilización en contra de esta violencia, un gran número de mujeres se suma y van ganando y reclamando su terreno de igualdad en la calle, pero también crece, poco a poco, la adhesión de hombres a estas organizaciones mostrándose en contra del acoso y a favor del respeto.

En general, América Latina sigue padeciendo el machismo de antaño y el acoso callejero es una de sus aristas. Los hombres machistas no se acostumbran aún a ver mujeres en la calle, solas o en compañía de otras mujeres.

Estas mujeres van a estudiar, a trabajar o simplemente a disfrutar del espacio público. Hay hombres a los que aún les cuesta verlas en la calle, ganando el espacio que antes era exclusivamente para ellos. Mujeres vistiéndose como mejor les parece, retándolos de esta forma y mandándoles el mensaje de que son independientes y que no los necesitan ya tanto como antes.