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¡Por fin! Terminas la universidad, tienes una espectacular fiesta de graduación, cuelgas tu título o tu foto de generación en la sala de tu casa y te sientes preparadísimo para empezar a trabajar, pero con el tiempo te das cuenta de que la vida real no es tan fácil.

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Buscar un empleo se ha vuelto una pesadilla

Primero te das cuenta de que para trabajar te piden experiencia. Y piensas: “¡¿Cómo voy a tenerla, si acabo de terminar mis estudios?!”. Te das de topes porque no te quedaste más tiempo en las prácticas o el servicio social, o porque no trabajaste como otros de tus compañeros. Al fin te dan el empleo aunque no tengas un buen currículum, pero con un sueldo que no te alcanza ni para chicles.

Depender de los padres no opción

El punto anterior te lleva a lo siguiente: sigues dependiendo económicamente de papá y mamá. Además de que eso significa pedirles permiso y dinero para salir y seguir las reglas “mientras vivas bajo su techo”. Constantemente te recuerdan que ya te pagaron tus estudios y es hora de que te independices. Y no es que no lo intentes, pero las cosas no llegan tan rápido como imaginaste.

La teoría aprendida no sirvió

Tuviste muy buenos maestros y leíste muchos libros, pero ahora que trabajas notas que mucho de eso no te sirve para nada. Los procesos no son como te los contaron, hay muchos atajos que tus profesores jamás te dijeron.

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Ya no tienes vida social

Esta es una de las grandes paradojas de la vida. En la escuela no tenías mucho dinero, tiempo o permisos, pero salías a todas partes. Ahora que eres adulto, ganas tu propio dinero y no te dejan tarea, lo que te falta es mucha energía, pues en el trabajo tienes jornadas extensas porque “apenas estás aprendiendo”. Lo que te lleva a decir “no” cuando te invitan a salir, ya que te encuentras demasiado cansado.

A todos nos pasa esto cuando terminamos nuestra carrera. Pronto adquirirás experiencia, encontrarás mejores empleos y conocerás personas que te ayudarán a dar saltos profesionales, lo que al final se traducirá en independencia.