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En lo que hoy es el municipio de Naucalpan, se asentó una de las primeras culturas de la cuenca lacustre del altiplano, la llamada Tlatilca, que se desarrolló en el centro urbano de Tlatilco, durante el horizonte Preclásico de Mesoamérica.

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Durante la colonia, Hernán Cortés entregó como regalo de bodas a Isabel Moctezuma Tecuichpo, hija de Moctezuma II, el territorio completo de Tlacopa, que con el tiempo, pasó a ser parte de la Alcaldía Mayor de Tacuba.

Durante los primeros años de la invasión y posterior dominación católica se construyeron las primera iglesias de la zona y la explotación de sus canteras, sus minas de cal y de arena tuvieron gran auge debido a la cercanía con la Ciudad de México y las construcciones que en ella se realizaban.

Después de la guerra de Independencia, el pueblo de San Bartolo Naucalpan fue anexionado al territorio vecino de Tlalnepantla por un corto tiempo y para el 1 de enero de 1826 se convierte en municipio.

Gracias a la actividad de la Fábrica de Hilados y Tejidos de Río Hondo, inaugurada en 1869, Naucalpan comenzó una época de esplendor. Con ésta, comienza una lenta pero ambiciosa experiencia industrial en la naciente Villa, continuada por la presencia de Hilazas La Abeja y El Molino de Trigo.

Aunque completamente dedicada a la economía agrícola, la Villa poco a poco albergó pequeñas industrias en las orillas de sus ríos y años más tarde, durante la presidencia de Porfirio Díaz, es inaugurada la línea de ferrocarril México-Acámbaro y la estación San Bartolo.

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Para finales del siglo XIX, se funda la Hacienda San Andrés, donde la siembra de alfalfa y maíz, así como la elaboración de pulque artesanal y la lechería fueron las actividades que dieron sustento a los dueños y a las familias de los trabajadores que habitaban en pequeños núcleos de viviendas cercanas a la hacienda.

A partir de la segunda mitad del siglo pasado, los municipios mexiquenses conurbados con el Distrito Federal experimentaron un cambio drástico. La integración a la expansión del área metropolitana fue realizada a través del fortalecimiento y ampliación de centenares de parques industriales y de la construcción de vías rápidas para automóviles que comunicaran a las periferias con el centro de la ciudad.

No obstante, la Hacienda San Andrés se conservó intacta y aunque ya no se sostenía de su anterior actividad, ésta pasó a ser un “Oasis dentro de la ciudad”, donde sus jardines, salones y capilla, rodeados de naturaleza, son sede de eventos sociales y empresariales.