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La mayoría de las personas dice estar en contra de la Violencia de Género, pero no todo el mundo tiene conciencia de los distintos tipos de violencia que existen y de cómo el agresor puede maltratar a la mujer sin necesidad de ponerle una mano encima.

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Se ha hablado mucho de la violencia física y también de la psicológica; sin embargo, existe otra violencia con efectos devastadores para la víctima y para sus hijos: la violencia económica.

El abuso económico y patrimonial se entiende como el control que tiene el hombre sobre los ingresos del hogar, independientemente de quién lo haya ganado, manipula el dinero o se lo provee a cuentagotas a la mujer.

Normalmente creemos que quien tiene el dinero tiene el poder. Se acepta que quien más aporta suele ser el dominante y quien menos posibilidades tiene, tiende a ver su papel en la pareja supeditado al liderazgo del otro, quien no duda en tomar la mayoría de las decisiones.

La violencia económica resulta difícil de identificar porque suele ser invisible, a menudo se presenta de manera sutil y encubierta. Además, la educación tiene mucho que ver, pues muchas mujeres piensan que así debe ser; que es obligación masculina proveer, y deber femenino depender. En esa cultura patriarcal suponen que el hombre debe ser el que se ocupe de sostener a la mujer y los hijos y, aunque no sea el proveedor, igual debe administrar el dinero y controlar cuánto da a la mujer.

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Las mujeres que suelen ser víctimas de este tipo de violencia no tienen acceso a una chequera ni tarjetas de crédito. Tienen que dar cuentas de todo lo que gastan. No pueden participar en las decisiones económicas del hogar y si trabajan, tienen que entregar su ingreso íntegro.

En algunos casos, los hombres se niegan a pagar una pensión alimenticia o no les permiten estudiar o trabajar para evitar que la mujer alcance su autonomía económica. El agresor le hace creer a la mujer que sin él, ella no podría ni siquiera comer, y mucho menos reconoce el trabajo doméstico que ella realiza en el hogar porque considera que es “su obligación”.

Como mencionamos, el abuso económico es desconocido por la mujer, quien lo descubre cuando se expresa mediante actos de violencia física; pero si eso no sucede, se llegan a establecer relaciones de dependencia entre la mujer y su proveedor económico, por lo que suele ser más difícil tomar la decisión de denunciar o abandonar a su pareja.

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Pero, ¿qué hacer si se sufre de violencia económica? Antes que nada se debe reconocer la situación. En la mayoría de los casos, las mujeres piensan que son incapaces de salir adelante solas y terminan supeditadas a la autoridad masculina. Deben valorizarse, creer en ellas mismas y convencerse de que pueden obtener sus propios ingresos.

Seguir creyendo que el dinero lo gana y lo administra el marido, y que la mujer debe acatar las decisiones impuestas por el varón, equivale a fomentar violencia, dependencia y abuso.

Se necesita generar una cultura donde se valore el trabajo de la mujer como digno y con igualdad. La construcción de una pareja no implica dependencia de ningún tipo. Debe construirse como un espacio afectivo, solidario y corresponsable, donde la mujer pueda conservar sus espacios de trabajo y de independencia al igual que el hombre.