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El tema de la competencia es un aspecto que muchas veces se nos inculca desde pequeños. La competitividad nos ayuda a superarnos a nosotros mismos, a mejorar en ciertas áreas, pero siempre que no se viva como algo obsesivo.

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Durante el proceso de nuestra formación es importante desarrollar la capacidad para superar dificultades, superarse a sí mismo y solucionar los problemas, así como aprender de los propios errores, pero también es importante enseñarnos a disfrutar lo que hacemos, a que no se puede ganar siempre ni ser el mejor en todo.

¿Qué tan bueno es ser una persona competitiva? Aquí te enumeramos los pros y contras:

PROS

– Cumplimos objetivos: Al exigirse metas cada vez más altas, solemos darlo todo para conseguirlas, sin importar el nivel de esfuerzo o sacrificios que debamos hacer. No conocemos la palabra “límite”, para nosotros no hay imposibles, y creemos que lo podemos todo y esto está bien, pues nos inyecta confianza en nosotros mismos y en todo lo que somos capaces de lograr. En la escuela o en el trabajo no tenemos problema alguno cuando se nos presentan nuevos retos, los tomamos y nos entregamos de lleno.

– No nos vencemos fácilmente: Si algo no resulta como esperábamos, jamás tiramos la toalla, al contrario, nos esmeramos al triple para que salga tal y como deseamos o mejor.

– Perfeccionistas a tope: Ser competitivo y perfeccionista van de la mano. Para nosotros no hay término medio, si algo se hace debe ser al 100, todo o nada. Por ejemplo, si escribimos un ensayo para una clase, lo revisamos una y otra vez antes de entregarlo, no porque temamos que esté mal hecho, sino porque consideramos que siempre hay un espacio para perfeccionarlo.

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CONTRAS

– No medimos: En ocasiones nos dejamos llevar tanto por nuestro nivel de competitividad, que nos olvidamos de lo valioso y hasta nos ponemos en un estado pesado compitiendo con amigos, luchamos contra ellos para ver quién saca mejores notas. Esta actitud puede provocar que nuestros amigos opten por poner distancia y perdamos una gran amistad.

– Egocentrismo: Pensamos que sólo nos merecemos los éxitos, así que cuando alguien más consigue algo bueno, no sólo no nos da gusto, sino que hasta sentimos coraje. Nos gusta gritar sin recato cada uno de nuestros logros y esperamos que el resto del mundo nos aplauda, pero si es un tercero el que lo hace, simplemente no nos late y nos cae como “gancho al hígado”.

– Desgaste mental: No es raro que si hay algo que por más que intentamos no se nos da, nos aferramos tanto, que terminamos obsesionados, hasta llegar al punto en que dicha meta ocupa cada uno de nuestro pensamientos y energía. Dejamos de lado todo lo demás por considerarlo una distracción y un obstáculo para conquistar nuestra meta y podemos descuidar amigos, familia, entretenimiento. Esta conducta puedo cobrarnos factura con la salud o estado anímico.