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Se habla bastante de ello desde hace algunos años y parece que es un tema que va preocupando cada vez más: la crisis de autoridad en la familia.

mama regañando

El modelo familiar ha ido cambiando; de hecho, hemos pasado del modelo prácticamente único -padre, madre, hijos, y a veces, abuelos conviviendo bajo el mismo techo- a un abanico de posibilidades, válidas todas y muy visibles socialmente: familias monoparentales, parejas gays con hijos, custodias compartidas en parejas separadas y cambios continuos de residencia de los hijos, etc.

A todo ello, se añade una crisis de valores en general. Socialmente, también hace unas décadas se nos mostraba un modelo de actuación que estaba muy arraigado, y en él, se marcaban las pautas de comportamiento de los miembros de la sociedad. Los roles estaban muy claros.

Actualmente nada de todo eso parece valer para la mayoría. Huyendo de rigideces se abrió un abanico de permisividad que, parecía, iba a traer consigo relaciones más saludables llenas de bienestar, lo cual no ha sido así.

Básicamente, este fenómeno de crisis de autoridad en la familia se debe a que las relaciones entre los miembros de la familia están deterioradas o son escasas, casi inexistentes: los hijos ven poco a padres y madres que trabajan muchas horas, cambian de domicilio en caso de custodias compartidas, las actividades extraescolares llenan el tiempo de los estudiantes, que llegan cansados a casa.

Con tan poco tiempo de sobra, los padres se han vuelto permisivos, por temor a perder el cariño de los hijos, por cansancio, por no consensuar el modelo educativo que se quiere aplicar a los hijos, por lo que dejan que los niños hagan lo que quieran.

Por otro lado, los padres se comportan como colegas de los hijos: les apetece disfrutar juntos, pero se pierden en el momento de acotar terrenos, dar pautas y establecer límites, lo que puede confundir luego a los hijos, pues los padres por momentos, no demuestran coherencia cuando castigan ciertos comportamientos y otros no; o cuando no se ponen de acuerdo ambos padres para reprender, ya que uno dice una cosa y el otro, otra.

Esto puede provocar que los padres se sientan inseguros y desorientados. Cuando han querido aplicar alguna norma han dudado tanto que los resultados no han sido como deseaban. Los hijos no les hacen caso, ni les temen, ni quedan afectados.

La situación se agrava con la adolescencia, ya que aquí la crisis de autoridad en la familia es aún más evidente. Los hijos sienten una vaga sensación de abandono y de pérdida de referencia. Muchas veces piden a gritos, directa o indirectamente, que los padres los marquen y se queda una sensación de caos.

Ante la crisis de autoridad en la familia hay que tener claro que hay una autoridad real, natural. Es aquella que viene por méritos propios de la persona que la ejerce. En el caso que nos ocupa, de las familias, los padres y madres tienen autoridad respecto de los hijos porque son adultos maduros que tienen los recursos y experiencia vital que les permite acompañar a los pequeños en su desarrollo, desde el respeto y la confianza.

Ese es nuestro papel como padres y madres: ser estructuradores de nuestros hijos. No estamos en el mismo plano. Ellos, los pequeños, se están construyendo, y nosotros como padres debemos ayudarles en el camino. Ellos nos lo agradecerán.